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Día 75 del Cuarto Cuadrante de 2006 a. C. G.
—Disimulad —le dijo Alan Anderson. Thomas y él se había quedado los últimos en el bar, a petición de Alan—, disimulad todo lo que podáis. Con suerte, Pierre se dará cuenta demasiado tarde.
—¿Mañana será la huelga? —le dijo Thomas Brubaker sorprendido aunque, lo había dicho tan bajo, que entre el ruido del interior del bar no estaba seguro si su compañero lo había escuchado.
Alan asintió.
—¿Qué tienes en mente?
—Disimula —le dijo Alan Anderson—, disimula todo lo que puedas. Llévate a Anton Jameson junto a un robot y hablad de él. Con suerte, Pierre se dará cuenta demasiado tarde.
—¿Y Anton?
—Thomas —continuó Alan—, eres el único que conoce el plan. Quiero que cuando escuches el la campanilla del ascensor cuentes desde el 1990 al 1999
—¿Para qué? —le interrumpió.
Alan le hizo un gesto con la mano (“espera”) y le contó el plan.
La cuenta le serviría para saber cuando ellos llegaban arriba en los diecinueve pisos de altura hasta el despacho de Pierre. Luego (palabras textuales de Alan Anderson, líder sindical y, ahora, líder de la huelga), tendrían que actuar rápido.
—No le digas nada a Anton. Sólo pídele ayuda, él te la prestará.
Thomas asintió desconcertado por la carga de ser una de las dos personas que conocía el plan.
(Si hubiera sabido que ni siquiera el lector de esta historia tampoco conoce el plan, seguramente se hubiera desmayado sobre su cerveza).
Día 76 del Cuarto Cuadrante de 2006 a. C. G.
—¡Es que ni siquiera se manchan! —dijo Thomas sorprendido, mirando a su compañero.
Anton Jameson asintió y se acercó a mirar como trabajaba el robot.
Thomas, mientras miraba lo miraba de cerca, vio a Alan y Robert en dirección al ascensor. Alan, sin detenerse, asintió con la cabeza y, nada más verlo, le guiñó el ojo a Anton. Éste lo miró sorprendido y Thomas le hizo un gesto de que mirara al ascensor. Anton vio a Alan y Robert entrar en el ascensor y le preguntó que a donde iban.
Thomas se giró y los vio desaparecer tras las puertas.
<<1990>>, empezó a contar en su cabeza.
—Eh, Thomas —le dijo Anton.
<<1991>>.
—¿Me escuchas? —<<1992>>—. ¿A dónde van?
<<1993>>.
—¿Estas bien?
<<1994>>.
—Colega —Anton no se rendía—. ¿Sabes dónde van?
—¡Mil novecien… Cállate y espera un segundo!
<<1996>>.
Anton hizo una mueca y lo miró extrañado.
<<1997>>.
Thomas empezó a ponerse nervioso. ¿Y si se había descontando? ¿Y si había empezado a contar tarde?
<<1998. Ya da igual. Reza porque salga bien. Y… ¡1999!>>
Thomas resopló aliviado. La cuenta había sido eterna.
—¡Corre! —le gritó a Anton—. Ayúdame.
—¿Qué diablos pasa?
—Ven —le dijo Thomas acercándose a la primera puerta—. Necesito que me ayudes a abrirlas.
Todas puertas de DriveLine eran de doble hoja y medían aproximadamente dos metros de altura. Para abrirlas, había que pulsar un botón y luego, manualmente, empujarlas. “Medidas de seguridad, había dicho Pierre, no queremos que un descuido abra las puertas por completo”. Y, precisamente aquellas puertas, no eran ligeras. Entre los dos abrieron una. Luego la otra. De allí, bajaron por la rampa y, después de cruzar toda la sala de en la que se armaba todo el exterior de las aeronaves y se pintaban, abrieron dos más. Y, por último, en la sala de carga de los vehículos, las que daban al exterior.
<<Mierda, he ido demasiado rápido>>, pensó Thomas al acabar de abrir las puertas.
Pero se equivocaba.
Mientras lo pensaba, escuchó la voz de Pierre por megafonía y, momentos después, los robots salieron al exterior.

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