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Viaje Orbital
Un soldado cualquiera (3439)

El reloj del soldado número 3439 marcaba las 12:07 justo en el momento en que sonó el teléfono. Desnudo, se levantó de la cama y fue hacia el comedor. Descolgó y preguntó quien estaba al otro lado.

     —¿Soldado número 3439?

     —Si soy yo —contestó—. ¿Algún problema coronel?

     —Le quiero aquí ya.

     —Pero, señor…

     —¿Qué no me ha oído? —gritó el coronel, haciéndole retumbar la cabeza aún dormido al escuchar el grito de su superior.

     —Si, señor —dijo antes de colgar.

     Fue hacia la habitación y encendió la luz de su mesilla de noche. Su mujer, al ver que la encendía se giró y le preguntó qué pasaba. Él le contestó que tenía que ir al Centro Militar y allí le darían instrucciones. La mirada de preocupación de su mujer fue evidente y el soldado se giró hacia el armario por no ver los ojos apenados y temerosos que en aquel momento le estaban contagiando el miedo. ¿De qué se trataba la misión? ¿Y si moría? ¿Qué sería de ella? Ya se lo habían dicho. “Sois soldados, no tengáis mujer, no tengáis hijos, solo el honor es vuestro. Si morís, él se irá con vosotros y no llorara vuestra pérdida”. No había escuchado aquel entonces y, en ese momento, mientras cogía la camiseta blanca, entendió el discurso del coronel el primer día de su entrenamiento. Se puso el mono gris y cogió las botas del fondo del armario. Al sentarse en la cama para ponerse, los brazos de su mujer lo rodearon y le dio un beso.

     —No me pasara nada.

     —Promételo.

     —Lo prometo —le contestó abrochándose las botas.

     Le dio un beso en los labios y salió de la habitación. Antes de bajar al aparcamiento, cogió una barrita energética Apollo para el camino.

En el coche puso la radio, esperando enterarse de lo que sucedía y, al escucharlo, se sorprendió. Decían algo así:

—La huelga ya es un hecho en DriveLine. Los trabajadores han conseguido que los robots no trabajen y se han atrincherado dentro del edificio. Algunos rumores dicen que han secuestrado al señor Pierre Neville y amenazan con matarlo.

¿Para eso lo habían llamado? ¿Para asaltar un edificio con rehén? Eso podía hacerlo la policía, estaban entrenados en ese campo también.

<<Hay algo más —pensó el soldado—, tiene que haberlo>>.

Al llegar, el coronel White lo estaba esperando en el pasillo y le dijo que fuera hacia la armería y que esperara allí junto a sus compañeros.

Nada más llegar vio a algunos soldados más poniéndose los cascos y, un par de ellos, con los fusiles, asegurándose de que estuvieran en las condiciones óptimas. Tras él, llegar unos cuantos más y a todos se les dio un fusil y un casco. Se los pusieron, se miraron el mono, sabiendo (y rezando) que en caso de que algún disparo de luz les alcanzase las protecciones del tejido lo repelerían.

El coronel White entró y grito:

—¡Soldados, firmes!

Todos los soldados se pusieron frente a él, juntaron sus pies, sacaron pecho y se apoyaron el fusil en el hombro.

—Tenemos visita —dijo el coronel, extendiendo la mano hacia la puerta.

Cuando vieron la visita, todos se irguieron más todavía y levantaron ligeramente las barbillas.

—Soldados, ya sabéis quien soy.

     —¡Sí, mi Rey! —dijeron todos al unísono.

     —Vuestro coronel os explicara la misión más concretamente de camino pero solo quiero decir que en ese edificio hay atrincherados hombres que no les importa la vida y harán lo que sea por salirse con la suya. Quiero que, si las cosas se complican, no dudéis en disparar a matar.

     Todos perdieron la compostura al escuchar las palabras del Rey. Y sólo al soldado 3439 se le escapó:

     —Pero, señor…

     —¡Matadlos a todos! —gritó el joven rey.

—¡Sí, mi Rey! —repitieron los soldados a la vez.

 
Thomas Brubaker

Día 75 del Cuarto Cuadrante de 2006 a. C. G.

 

     —Disimulad —le dijo Alan Anderson. Thomas y él se había quedado los últimos en el bar, a petición de Alan—, disimulad todo lo que podáis. Con suerte, Pierre se dará cuenta demasiado tarde.

     —¿Mañana será la huelga? —le dijo Thomas Brubaker sorprendido aunque, lo había dicho tan bajo, que entre el ruido del interior del bar no estaba seguro si su compañero lo había escuchado.

     Alan asintió.

     —¿Qué tienes en mente?

     —Disimula —le dijo Alan Anderson—, disimula todo lo que puedas. Llévate a Anton Jameson junto a un robot y hablad de él. Con suerte, Pierre se dará cuenta demasiado tarde.

     —¿Y Anton?

     —Thomas —continuó Alan—, eres el único que conoce el plan. Quiero que cuando escuches el la campanilla del ascensor cuentes desde el 1990 al 1999

     —¿Para qué? —le interrumpió.

     Alan le hizo un gesto con la mano (“espera”) y le contó el plan.

     La cuenta le serviría para saber cuando ellos llegaban arriba en los diecinueve pisos de altura hasta el despacho de Pierre. Luego (palabras textuales de Alan Anderson, líder sindical y, ahora, líder de la huelga), tendrían que actuar rápido.

     —No le digas nada a Anton. Sólo pídele ayuda, él te la prestará.

     Thomas asintió desconcertado por la carga de ser una de las dos personas que conocía el plan.

(Si hubiera sabido que ni siquiera el lector de esta historia tampoco conoce el plan, seguramente se hubiera desmayado sobre su cerveza).

 

Día 76 del Cuarto Cuadrante de 2006 a. C. G.

 

—¡Es que ni siquiera se manchan! —dijo Thomas sorprendido, mirando a su compañero.

     Anton Jameson asintió y se acercó a mirar como trabajaba el robot.

     Thomas, mientras miraba lo miraba de cerca, vio a Alan y Robert en dirección al ascensor. Alan, sin detenerse, asintió con la cabeza y, nada más verlo, le guiñó el ojo a Anton. Éste lo miró sorprendido y Thomas le hizo un gesto de que mirara al ascensor. Anton vio a Alan y Robert entrar en el ascensor y le preguntó que a donde iban.

     Thomas se giró y los vio desaparecer tras las puertas.

     <<1990>>, empezó a contar en su cabeza.

     —Eh, Thomas —le dijo Anton.

     <<1991>>.

     —¿Me escuchas? —<<1992>>—. ¿A dónde van?

     <<1993>>.

     —¿Estas bien?

     <<1994>>.

     —Colega —Anton no se rendía—. ¿Sabes dónde van?

     —¡Mil novecien… Cállate y espera un segundo!

     <<1996>>.

     Anton hizo una mueca y lo miró extrañado.

     <<1997>>.

     Thomas empezó a ponerse nervioso. ¿Y si se había descontando? ¿Y si había empezado a contar tarde?

     <<1998. Ya da igual. Reza porque salga bien. Y… ¡1999!>>

     Thomas resopló aliviado. La cuenta había sido eterna.

     —¡Corre! —le gritó a Anton—. Ayúdame.

     —¿Qué diablos pasa?

     —Ven —le dijo Thomas acercándose a la primera puerta—. Necesito que me ayudes a abrirlas.

     Todas puertas de DriveLine eran de doble hoja y medían aproximadamente dos metros de altura. Para abrirlas, había que pulsar un botón y luego, manualmente, empujarlas. “Medidas de seguridad, había dicho Pierre, no queremos que un descuido abra las puertas por completo”. Y, precisamente aquellas puertas, no eran ligeras. Entre los dos abrieron una. Luego la otra. De allí, bajaron por la rampa y, después de cruzar toda la sala de en la que se armaba todo el exterior de las aeronaves y se pintaban, abrieron dos más. Y, por último, en la sala de carga de los vehículos, las que daban al exterior.

     <<Mierda, he ido demasiado rápido>>, pensó Thomas al acabar de abrir las puertas.

     Pero se equivocaba.

     Mientras lo pensaba, escuchó la voz de Pierre por megafonía y, momentos después, los robots salieron al exterior.

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